“Inteligencia Social” de Daniel Goleman, es uno de los textos que tengo en mi biblioteca. Basándome en uno de sus capítulos, es que hago la reflexión que sigue y que me permito compartir contigo.

Como sabemos, el ser humano es un ser social, que pasa gran parte de su existencia relacionándose e interactuando con otros como él. Y es en ésta interacción social en la que se desencadena lo que se ha llamado “contagio emocional”. Sucede cuando en nuestras relaciones interpersonales transmitimos sentimientos.

Cuando interactuamos, somos capaces de transmitir tanto nuestras emociones positivas como negativas, principalmente cuando éstas son intensas. Situación de la que sin duda pocas veces somos conscientes, aquella capacidad de transformar los estados de ánimo de quienes nos rodean y viceversa.

En el texto de Goleman se expone claramente este tema con un ejemplo:

“Cierto día llegaba con retraso a una reunión y, como andaba buscando un atajo, me metí en el patio interior de un rascacielos con la intención de salir por una puerta que había divisado al otro lado y adelantar así unos minutos.

Pero, en el mismo momento en que entré en el vestíbulo del edificio y me encontré ante una fila de ascensores, apareció súbitamente un guardia que, moviendo los brazos, me gritó: “¡Usted no puede estar aquí!”

¿Por qué? – pregunté sorprendido.

¡Porque ésta es una propiedad privada! ¡Es una propiedad privada! – gritó, notoriamente agitado.

Entonces me di cuenta de que había entrado inadvertidamente en una zona de acceso restringido que no estaba adecuadamente señalizada.

No me hubiera equivocado – sugerí, en un débil intento de infundir un poco de razón – si en la puerta hubiera una señal que dijese “Prohibida la entrada”.

Pero mi comentario no sólo no le tranquilizó, sino que pareció enfurecerle todavía más.

¡Fuera! ¡Fuera! – gritó.

Entonces me marché, inquieto, mientras su ira siguió reverberando en mis tripas durante varias calles.”

Así sucede cuando una persona vierte en nosotros sus sentimientos negativos, ya sea a través de enojo, amenazas, gritos, etc. En ese momento se activa en nosotros los mismos circuitos por los que transitan estas inquietantes emociones del otro, hecho cuya consecuencia neurológica consiste en el contagio de esas mismas emociones.

Entonces, las emociones intensas constituyen el equivalente neuronal de un resfriado y se “contagian” con la misma facilidad con que lo hace un rinovirus.

Ya, al tanto de esta particular característica de las emociones en el contexto social, debiéramos procurar infectar al mundo entero de sensaciones positivas, entusiasmo y energía, ¿no te parece? Y a la vez, rodearnos de quienes nos contagien este mismo virus de la alegría. No es tan difícil, basta una sonrisa y verás que es imposible que a quien le sonríes no responda con el mismo gesto. Haz la prueba.